Hace muchos días que no escribía en este blog y les confesaré la verdad: estaba cansado de las agresiones y de las amenazas. Por eso, en legítima tranquilidad, dejé de poner palabras y opiniones en este espacio virtual.
La polarización llegó hasta mi círculo íntimo de amigos y familiares. Tristemente nos alejamos para no agredirnos porque, en cada oportunidad, empezaba un choque de fuerzas a ver quién era capaz de convencer al otro. Llegamos al vergonzoso pacto de no exponer nuestras opiniones políticas. Hasta eso nos arrebató el uribismo: la capacidad de debatir sin agredirnos.
Preferí callar. Lo mismo como cuando acepté que algunos integrantes de mi familia se habían convertido al cristianismo y eran presos del fanatismo. Asentir, callar y escucharlos haciéndoles creer que tienen la razón, a eso me dediqué. Claramente para ellos sigo poseído por el demonio, igualito al señalamiento que se me hace de terrorista cuando pongo en evidencia la corrupción y la barbarie.
Esos dos fanatismos no distan mucho. Ambos necesitan de grandes dosis de ignorancia y desinformación. La gran similitud es la fuerza de la creencia, que son capaces de defenderla incluso ante irrefutables evidencias de que transitan por caminos equivocados.
Hoy termina el largo gobierno de Álvaro Uribe. Balances, agradecimientos y reclamos se leen y escuchan por todas partes. Para mí es el fin de una ira, como titulara mi amigo Mheo su recopilación de caricaturas alusivas al mandatario. Un gobierno que tristemente nos enseñó que el fin justifica los medios, que se puede pisotear la dignidad, los derechos humanos y las leyes. Un gobierno que en últimas fue un fenómeno mediático con cifras mentirosas de bienestar de los colombianos.
Cortinas de humo, ataques a la justicia, terribles casos de corrupción, mil y una formas de pisotear la Constitución, crímenes de Estado, ejecuciones extrajudiciales, cohecho, beneficio a los ricos y para los pobres programas asistencialistas con fines politiqueros, mafias gobernando, organismos del Estado al servicio de crimen y relaciones internacionales manejadas como ladridos de perro rabioso.
Termina ‘la ira’ de un Presidente que gobernó al país y trató a las instituciones del Estado como si fueran los peones de su finca. Odios y rencores a la carta y muy pocas posibilidades de diálogo para buscar salidas negociadas a las crisis que padecemos como Nación.
Ocho años en los cuales sus críticos se convertían automáticamente en terroristas y en donde la libertad de prensa fue una ilusión reemplazada por la censura de los medios alineados por conveniencia o, lo que es peor, la autocensura de los periodistas para sobrevivir.
Me reclaman constantemente que reconozca los golpes a las Farc como sinónimo de un buen gobierno. Reconozco, sin titubeos, que esa guerrilla está arrinconada producto de la acción militar al dejar fuera de combate a algunos de sus importantes líderes. Pero, excúsenme la necedad, en muchas ocasiones las cifras del ‘éxito’ de la seguridad democrática está soportada sobre cuerpos de civiles asesinados y disfrazados de guerrilleros.
¿Y la desmovilizaciónd de paramilitares qué? será otro reclamo. Sin duda, gracias al proceso de Justicia y Paz hoy conocemos algunas verdades de lo que fue la barbarie de ese accionar criminal emparentado con el narcotráfico y la política. Pero, vuelve mi necedad, ese proceso fue confeccionado para beneficiar a los criminales paramilitares y no a las víctimas. Entonces, en tanto un presidente desconozca e ignore a las víctimas y premie a los victimarios, merece todo mi desprecio.
Ya tendremos tiempo de hablar de Santos y de cómo funciona la tan Unidad Nacional. Por ahora propongo que sigamos narrando historias de nuestras víctimas para que la memoria no nos haga cómplices. Recuerden que en cada calcio del hueso hay una historia, una vida cruelmente arrebatada. Si no es mucho pedir, me gustaría que regresara el respeto por las opiniones. Quiero volver a sentarme a la mesa y exponer lo que pienso sin ser tildado de terrorista.



Comentarios recientes